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7/6/12

Antiguas tiendas y comercios tradicionales


En éste artículo haremos un repaso de las tiendas tradicionales de variantes que hubo en Villa del Prado. Éste tipo de tiendas fue el común en cualquier pueblo de España durante mucho tiempo, aunque podían por supuesto encontrarse también en zonas modestas de ciudades. Éstas tiendas, también conocidas hoy como “de ultramarinos” y “colmados”, al estar situadas en un pueblo, procuraban abastecerse de todo tipo de productos necesarios, mezclando la alimentación, con la droguería y diversos artilugios que se utilizaban en su época según las necesidades de los habitantes del pueblo. Las tiendas tradicionales arrancan de una base situada en una época muy lejana, cuando hace varios siglos ya se mencionan en los archivos municipales algunas tiendas de éste tipo. A lo largo del tiempo las tiendas fueron cambiando, se cerraron unas, abrieron otras… cambió su disposición y sus productos según las épocas… aunque en ellas siempre se conservó su carácter primitivo y sencillo. Las que mencionamos en éste artículo son las últimas que hubo en el pueblo, centrándonos en la época que va aproximadamente desde 1930 hasta 1980. Fueron bastantes, unas cerraron o abrieron antes o después que otras. Algunos de los descendientes de aquellos comercios aún tienen tiendas y han reconvertido los viejos comercios tradicionales en modernos autoservicios, otras solo son un mero y entrañable recuerdo.

Para ver un ejemplo de una de aquellas tiendas, veremos a continuación una descripción de una de ellas: La tienda del Señor Juan “El Cacharrero”.

Se hallaba ésta tienda que funcionó durante la segunda mitad del siglo XX, hasta comienzos de la década de 1980, en la esquina que forman la Plazuela de San Félix y la calle San Bruno, donde hoy día hay otra tienda moderna.

A la tienda del Señor Juan se entraba por una rústica y antiquísima puerta de madera con un pequeño cristal. Una vez dentro, a la claridad de la pequeña ventanita, se apreciaba un sencillo mostrador de madera con la parte superior cubierta de chapa. A un lado se podía ver  una maquina-cuchilla de cortar bacalao y al otro una balanza para pesar. En uno de los rincones del pequeño cuarto que formaba la tienda se apilaban cacharros de barro, ollas, pucheros, cuencos y platos que vendía el tendero. En otro de los rincones se hallaban manojos de escobas que también vendía, y en los anaqueles de las paredes, latas de conserva. 

A ésta tienda podías ir a pedir en los años 50 “una peseta de fideos”.  Una vez pedido al tendero, éste hacía un cucurucho de papel y echaba dentro uno o dos puñados de fideos que servían para hacer algunas sopas, a cambio de solo una peseta de entonces. Bastantes años después, la tienda del Señor Juan, como otras de alimentación en el pueblo, tuvo por vez primera una cámara refrigerante, lo que les permitió incluir los nuevos productos refrigerados y frescos que fueron surgiendo en el mercado en las décadas de 1960 y 70. Cuando fueron apareciendo los primeros chorizos tipo “Revilla” y otros embutidos industriales similares, la gente del pueblo los compraba con cierta sensación de artículo “moderno y de lujo”, pues hay que tener en cuenta que hasta entonces solo se habían consumido los chorizos caseros hechos de la propia matanza, sin marcas, ni etiquetas; a lo sumo, algunos que venían con la conocida chapa de identificación colgando de la cuerda. Las chapas del chorizo y salchichón fueron comunes en todo el mercado español hasta mediados de la década de 1980.

Junto al modesto y rústico mostrador de la tienda del Señor Juan, se hallaban unos enormes sacos de legumbres, con judías, garbanzos y lentejas, que el tendero vendía y pesaba, también echándolas en un típico cucurucho de papel. 

El número de tiendas era amplio, en el Villa del Prado de la época que tratamos en éste artículo. Eran bastantes en número, pequeñas todas ellas, pero a pesar de ello, se encontraba siempre lo que se necesitaba. Éstas tiendas se hacían simplemente habilitando una zona de la planta baja de la casa donde se quería instalar el comercio, por lo cual, ofrecían unas dimensiones y aspecto muy casero. En ellas se vendían también artículos para el campesino, cuerdas, algunos útiles, sombreros, zapatillas y boinas. La venta de bebidas, gaseosas y sifones era igualmente común en éstos comercios, pero siempre en aquella época cuidando de devolver puntualmente y sin falta los cascos vacíos de las botellas, costumbre que hoy se ha perdido pero que entonces era de normal cumplimiento. Otro artículo típico de éstas tiendas era el bonito en escabeche al peso. Hoy en dia en algunos comercios se sigue vendiendo así, sacado de una enorme lata, cogido con unas pinzas-tenaza y embolsado con un poco de caldo, pero ¿Quién no recuerda cuando lo típico en todas partes era que se cogía de la lata con una cuchara y el dedo pulgar del vendedor?, cosa que a los niños nos encantaba mirar sin importarnos ni la cuchara ni el dedo, pensando en las empanadillas o ensaladilla que de ahí iba a salir.

En Villa del Prado se asentaron entre el siglo XIX y comienzos del XX algunas familias que fueron conocidas por su dedicación casi exclusiva al comercio y a las tiendas. La familia Sampayo se caracterizó en el pueblo por tener casi todos ellos tiendas de alimentación / droguería, manteniendo actualmente algunos de sus miembros ésta dedicación. Otros tenderos asentados en el pueblo provenían sobre todo de Zamora, gran cuna de personas dedicadas a ésta actividad del comercio, destacando la familia Colino, cuyas ramas se dispersan por numerosos pueblos de Madrid. 

Cualquiera que haya conocido éstas tiendas puede recordar la tradicional mezcla de aromas y olores que había en el interior, que en ocasiones era dominado por el agradable aroma de los detergentes y jabones, en otras el del chorizo y embutidos, y en otras el del bacalao salado. En éstas tiendas, la maquina de cortar bacalao seco era un complemento muy típico que aparecía siempre en algún lugar especial, como la balanza de mesa. Muchas veces sus paredes interiores aparecían con frecuencia pintadas con colores verdes y azules pastel. La luz de la calle entraba por sencillas ventanas de madera, que a veces eran apañadas como improvisados escaparates. El ambiente interior de éstas tiendas era el de una pequeña habitación casera llena de productos, donde muchos vecinos y vecinas del pueblo no sólo acudían a comprar sino a hablar de sus cosas del dia y hacer pequeñas tertulias, convirtiéndose la tienda en un lugar de relación social entre vecinos, costumbre que aún se conserva en cualquiera de los actuales comercios pequeños.

Algunas tiendas para el recuerdo fueron la de José “El Pescadero” y la de Eugenio Sampayo, las cuales funcionaron hasta mediados de la década de 1980; y otras como la del “Tio Lorito”, con su inconfundible boina y gafas redondas de concha, que vendía también golosinas para los niños. Otras tiendas de éste tipo muy conocidas fueron la de Agustín García y la de Jesús Lorenzo, así como otras que se haría muy largo enumerar. En otros sectores del comercio funcionó la llamada “Tienda Nueva”, dedicada a los tejidos y prendas de vestir, y cuyos vestigios aún se ven a día de escribir éste artículo, tras casi 30 años cerrada. Mucho ántes, destacó la paquetería de Joaquín Pérez Colino, el cual construyó en 1889 en Villa del Prado el primer edificio nuevo dedicado especialmente a ser una tienda, grande y espaciosa, con vivienda en la parte superior.
Sería efectivamente muy larga una descripción de todas las antiguas tiendas de Villa del Prado, así que éste artículo invita a los que recuerden cualquier cosa de aquellas tiendas tradicionales, a que muevan su memoria y aporten sus vivencias y momentos en aquellos comercios, que con su sencillez y cercano trato, construyeron día a día una parte importante de la historia popular del pueblo.

Juan Durán

6/6/12

Antiguos trabajos y manualidades artesanas en Villa del Prado


Algunos objetos artesanos tradicionales de una casa pradeña: Puchero de barro, cuerno de buey vacío, cuchillo fabricado por un herrero local y calabaza hueca para guardar semillas

Hasta la mitad del siglo XX, ántes de la llegada generalizada de productos industriales, durante siglos en Villa del Prado, se fabricaron muchas cosas útiles para la vida cotidiana, tanto por parte de artesanos, que las comercializaban, como por parte de vecinos particulares, que se las fabricaban ellos mismos. Para que no se pierda el recuerdo de algunas de éstas cosas, en éste artículo, de forma muy resumida, veremos algunas de ellas.

Hierros y Herramientas:

En Villa del Prado hubo herreros a lo largo de la historia del pueblo que fabricaban cuchillos para todo uso, raspaderas, tenazas y ganchos para la matanza del cerdo que se hacía en cada casa. También clavos y piezas de distinto uso y herramientas del campo. Una de éstas herramientas es la Podadera, que se usaba para podar las viñas y que cayó en desuso hace décadas y que se conserva aún en algunas casas; una herramienta, pues, etnológicamente pieza de museo. Uno de los herreros de artesanos que funcionaba en el pueblo en la década de 1930 era Manuel López, el cual grababa su nombre en todas las herramientas que hacía.

Carros y carruajes:

Existieron en el pueblo fábricas-taller de carros que fabricaban éstos vehículos enteramente en el pueblo, como por ejemplo los talleres de Dueñas y Céspedes, y los del señor Crisanto Parro, que fabricaban enteramente tanto las piezas de madera como las de hierro de éstos vehículos de dos y cuatro ruedas, tallando a mano los ejes de las llantas con un tronco de árbol, y después ajustando los radios y bandas de rodadura de las ruedas, suelos, barandillas, lanzas y demás piezas del carro. A partir de los años 1960-70, continuó por un tiempo la construcción de carros en el pueblo aunque ya con muchas piezas de metal y ruedas de neumático.

Alfareros:

También el pueblo se surtía durante siglos de sus propias vasijas y botijos, aunque también se compraba aquí alfarería procedente de Talavera y otros lugares. Los últimos alfareros pradeños trabajaron en los años 1950.

Cesteros:

En la orilla del río Alberche se cultivaban plantas de mimbre que luego servían para hacer cestas, capazos y diversos recipientes muy útiles en las labores del campo, vendimia, etc.

Artesanía popular:

Para fabricar recipientes, los campesinos de Villa del Prado a veces utilizaban cuernos vacíos de buey. Éstos gruesos cuernos se proveían de tapas y así se convertían en vasos y portaobjetos. Éste tipo de vasos de cuerno, es muy común en muchas partes del mundo desde hace milenios.
Otra manera de fabricar recipientes de forma tradicional era utilizar calabazas grandes secas, a las cuales se les cortaba la parte superior, convirtiéndolas en vasijas. En ellas los campesinos pradeños guardaban en numerosas ocasiones la simiente de los tomates y otras hortalizas.

También los labradores del pueblo se fabricaban sus propias herramientas de madera, como bierlos y horquillos. Para ello escogían una rama de árbol que tuviese una forma adecuada para por un lado tener forma de mango largo y por otro, los dientes del “tenedor”. Y con cuchillas y raspadores, darle forma hasta conseguir la herramienta adecuada. Igualmente se fabricaban las palas de madera con tablas de tronco.

Los garrotes y cayados de pastores y gente que necesitase bastón se fabricaban igualmente con palos extraídos del propio campo. Se calentaba un palo muy largo y se iba doblando por su parte central, haciendo palanca y enrollándolo en un tronco clavado en el suelo. Se dejaba atado hasta enfriarse y se cortaba por la curva hecha, quedando hecho un garrote con mango curvo.

Pocas cosas se desperdiciaban en muchos aspectos de la vida rural de la antigüedad. Incluso de comer carne de cordero, de los restos dejados en el plato, podían salir unas Tabas, hueso de la pata del animal, que servía a los niños para jugar. En cuanto a los restos del orujo de aceite que sobraba del buen aceite de oliva que los pradeños hacían en las antiguas almazaras o molinos, las mujeres hacían en las casas el jabón de lavar, mezclando ése orujo con sosa.

Para hacer escobas, bastaba con buscar unas plantas de espino en el campo, cortarlas de forma adecuada y atarlas a un palo. Ántes de existir los modernos estropajos de aluminio, bastaba con salir a la calle a por un poco de tierra gruesa para frotar las manchas difíciles de los platos y cazuelas mientras se lavaban. Y si los filetes estaban demasiado gruesos, el ama de casa siempre tenía guardada una piedra redonda y suave para aplastarlos contra una tabla y dejarlos finos.

En cuanto a los niños, ni que decir tiene que se tenían que fabricar sus propios juguetes en numerosas ocasiones, con maderas, cuerdas, latas, etc, haciendo carritos, camiones, arcos y flechas, espadas, escudos, etc. y obtenían chucherías y golosinas comiendo determinadas bayas dulces del campo y semillas como las Majuelas, Panecillos, “Pan y quesito” y Algarrobas dulces.

Para fabricarse un calzado duro y simple para el campo, los campesinos, ya en el siglo XX, utilizaban trozos de neumático de coche o motocicleta, recortándolo para hacer las suelas de las zapatillas llamadas Albarcas, y con unas correas se fijaban éstas albarcas al pie y tobillo.

Ésta es solo una breve muestra de los muchos métodos que tenían nuestros vecinos y antepasados para buscarse ellos mismos con su ingenio sus útiles y objetos de uso cotidiano.

Por Juan Durán

16/3/11

MÁS HISTORIAS DE LA VIGA ATRAVESADA

En un anterior artículo de ésta página hacíamos referencia a que una de las leyendas y anécdotas que se cuentan sobre la construcción de la torre de la iglesia de Villa del Prado era la famosa de "la viga atravesada". Por entonces, cuando escribí el artículo, solo tenía referencia de que en el Cardoso de la Sierra (Guadalajara) se contaba una historia semejante, pero hoy en dia basta con darse un paseo por Internet para comprobar que ésta historia de la viga atravesada, que durante siglos los pradeños y otros vecinos de otros pueblos creyeron exclusivamente propia e incluso verdadera, no es más que un enorme mito para llamar brutos a cualesquiera habitantes de numerosos pueblos de España. No por eso dejemos de ver ésta historia de una forma simpática, que ya forma parte de nuestra tradición. A continuación expongo un listado de pueblos y lugares de España que también cuentan para sí la historia de la viga atravesada. La lista no es completa, porque sería interminable, pero éstos son algunos de los casos que he querido recopilar para éste artículo:

  • Calzada de Valdunciel (Salamanca): La peña "La viga atravesada" de Calzada de Valdunciel tiene una página propia en la que explican el porqué del nombre de ésta historia y hacen un pequeño estudio de otros lugares que la cuentan, entre ellos a Villa del Prado, al que también mencionan.
  • La Hiruela (Madrid), pueblo situado cerca de El Cardoso de la Sierra, en donde enriquecen la historia diciendo que untaron treinta arrobas de manteca en la viga para meterla mejor.
  • Mahide (Zamora), otro pueblo de la Viga atravesada, en el que un buhonero les hizo comprar un montón de aceite y después les hizo ponerse de frente a la puerta y por fin pasaron. Aquí se cuenta la historia, bastante larga por cierto.
  • Folledo (León), Éstos también se lo gastaron todo en manteca y al final creyeron que fue un milagro meter la viga.
  • Almargén (Málaga), En una página web, un articulista rechaza la típica historia original y la convierte en una sensible y piadosa obra de unos mozos del pueblo. Con un par. Pero no cuela mucho.
  • Maraña (León), Los simpáticos vecinos de éste pueblo se muestran muy orgullosos de ser "de la Viga atravesá". Son quizá los que más mencionan ésta historia en sus comentarios. En su caso la viga habría de meterse por una ventana: "A los de Maraña nos llaman los de la viga atravesa, desde que el tejado de la Iglesia se estaba cayendo y había que ponerle una viga. Entonces los Vecinos de Maraña fueron al Corón por una tercia de roble para el tejado de la Iglesia. Pero que resulta, que había que meter la viga por una ventana, y como los de Maraña antes de saberlo ya éramos de la viga atravesaa, !!!pues ala¡¡¡, a meter la viga atravesaa y que la viga no entraba ni más ni menos, y... viga pa ca..., y..., viga pa ya..., y la viga que seguía sin entrar por la ventana. Así que el día del concejo de San Juan, se acordó que había que untar la viga con tocino y manteca. Pues ala, todos los de Maraña de cendera a untar la viga."
  • Fuenlabrada (Madrid), al parecer en éste municipio existe una peña taurina con el nombre de "La Viga atravesada"
  • Nava del rey (Valladolid) Los vecinos de La Nava, incluso dicen que derribaron parte de la pared para meter la viga.
  • Horche (Guadalajara), Los vecinos de éste bello pueblecito alcarreño dicen que para meter la viga "ensancharon la puerta".
  • Taravilla (Guadalajara), Éstos acabaron con las existencias de sebo y manteca del pueblo, lo que encareció incluso el producto.
  • y por supuesto... Villa del Prado (Madrid). La historia más basica de todas, simplemente intentaban meter la viga atravesada hasta que se dieron cuenta de que sólo entraba perpendicular al agujero de la puerta.
J. Durán.

1577-1977: Dos torres herrerianas atacadas por un rayo

Hablamos en éstos recientes artículos sobre la torre grande de la iglesia de Villa del Prado; y con temas relacionados con ella continuamos. En un artículo anterior de ésta página vimos el relato del incendio que se produjo en la torre de Villa del Prado cuando la noche del 22 de Julio de 1977 un rayo alcanzó la torre, bajando la chispa por los cables metálicos de las campanas e incendiando numerosos objetos de madera que había almacenados en los pisos bajo el campanario. Vimos también como las campanas de Villa del Prado sonaron llamando a los vecinos para sofocar la emergencia, y cómo numerosas personas del pueblo hicieron una cadena de cubos de agua desde la fuente de la plaza para apagar el incendio.

Pues bien, resulta que la casualidad de los tiempos a veces nos hace descubrir coincidencias sorprendentes, que en éste caso se relacionan con éste suceso que afectó a la torre del pueblo. Y es que otra torre de estilo herreriano, en concreto una de las situadas en las esquinas del Monasterio de El Escorial, que se estaba construyendo al mismo tiempo que la de Villa del Prado, sufrió otro incendio igual... nada menos que el 21 de Julio de 1577; cuatrocientos años justos ántes del incendio de la de Villa del Prado.

La torre de "La Botica" es la que está situada en la esquina suroeste del Monasterio de El Escorial; se la llamó así por albergar en su interior la original farmacia real del edificio. También tenía por entonces colocadas unas campanas en sus ventanas superiores y un reloj. El 21 de Julio de 1577 hacia las tres de la tarde, una tormenta de verano comenzó a arrojar agua sobre la comarca escurialense. Al llegar la noche empeoró aquella tormenta, de tal manera que sobre las once y media sonó un trueno que según testimonios de la época "parecía que los cielos se habían abierto o que las peñas de la sierra venían todas rodando" y un rayo impactó contra el chapitel de la torre de la Botica.

El rayo originó un incendio visto inmediatamente por la guardia real que dio la voz de alarma mientras el fraile relojero de la torre comenzó a tocar las campanas de la misma pidiendo socorro, "revolviéndose el monasterio de tal manera que unos no sabían de otros, unos salían en camisa, otros con sus ropas y otros medio desnudos" El rey Felipe II, que se encontraba en el edificio, acudió a un pasillo cercano a la torre incendiada, en compañía de algunos familiares y miembros de la corte. Cuando el fuego se hizo más grande, la bola dorada y la cruz del chapitel cayeron hacia la fachada de la calle, llevándose por medio una chimenea y parte del tejado del monasterio. Inmediatamente se formaron cuadrillas para apagar el incendio, formadas por trabajadores del edificio, por entonces en construcción, y por soldados de guardia. Pronto comenzó el acarreo de cubos de agua y arena para apagar las llamas y también el taponado de urgencia de las puertas de la torre con yeso y ladrillos para que las llamas no pasasen a otras habitaciones. Dos soldados subieron al último piso de la torre y desde allí echaron agua a los maderos de techo que ardían e incluso empujaron éstos hacia el suelo de la calle para evitar mayores desperfectos. Los frailes mientras tanto daban pan y vino a las cuadrillas que apagaban el fuego, y rezaban, de tal manera que sobre las seis de la madrugada quedó el incendio totalmente apagado.

Torre de la Botica (El Escorial) y torre de Villa del Prado


Por tanto, ambas torres, la de La Botica del monasterio de El Escorial, y la de la iglesia de Villa del Prado; de estilo herreriano, construidas al mismo tiempo y bajo la inspiración de los grandes arquitectos de su tiempo, como Juan de Herrera y Juan Bautista de Toledo, no sólo están unidas por su sólido y característico porte arquitectónico, sino por éstos dos percances ocurridos sorprendentemente, con diferencia de apenas unas horas, un mismo dia y mes de 1577 y 1977 respectivamente, con cuatrocientos años justos de diferencia.

Juan Durán

La botella del Tío Colores

Una de las más frecuentes historias o anécdotas sobre la torre de la iglesia de Villa del Prado, contadas en la segunda mitad del siglo XX, era la que hace referencia a una simple botella: "la botella del Tío Colores". Son muchos los pradeños que afirman en sus años mozos haber subido trepando por el chapitel de la torre, fundamentalmente por dentro, que es por donde fácilmente para una persona bien preparada físicamente, se puede ascender trepando por las vigas del hueco interior, y haber llegado, bien hasta los pequeños balcones del chapitel, que antiguamente podían abrirse, o bien haciendo un alarde de mayor destreza llegando "hasta donde la cabeza ya no cabe mas, debajo de la bola". El "Everest" de Villa del Prado. El punto más alto. El sueño del alarde de cualquier mozo que quisiera impresionar a sus vecinos. Pero sólo un pradeño logró pasar a la historia popular de Villa del Prado por una hazaña escaladora de éste tipo: D. Julián Pascual, llamado "El Tío Colores".

No era Julián ya un mozo cuando realizó ésta hazaña, sino un hombre casado y con un hijo en el servicio militar. La idea de "Colores" fue una mezcla de promesa religiosa, sacrificio personal, y ritual ancestral rural casi mágico: Si su hijo volvía sano del Ejército, Julián prometía escalar hasta la cruz de la torre y colgar allí una botella de vino como ofrenda. Nuevamente quedaba demostrado que, antropológicamente, la cruz de la torre aparece en el subconsciente de los pradeños como un símbolo casi totémico; un punto de referencia: el lugar más alto del pueblo al que todo "héroe" popular anhela alcanzar alguna vez. Aún hoy en día, creo que son pocos los pradeños que no se han dicho a sí mismos alguna vez mirando hacia arriba "lo que me gustaría un dia poder subir hasta ahi"....















Finalmente, el hijo de Julián volvió a casa sano y salvo; y su padre, tomando su honor y palabra se dispuso a llevar la ofrenda hasta el lugar prometido años antes. Para llegar hasta la cruz es fácil subir la escalera de la torre y alcanzar la azotea;... es ya bastante menos fácil trepar por las vigas interiores del chapitel y llegar a los balconcillos... y es ya casi imposible realizar el tramo final... trepar por fuera, por el tejado de la aguja hasta llegar a la cruz. Quizá algo pudieron ayudar al Tío Colores los clavos que sobresalen sujetando las tejas de pizarra, quizá tuvo que ayudarse él mismo de alguna cuerda y gancho... Quizá la sensación de volar en el aire, el vértigo, la imagen bella y sobrecogedora de ver a lo lejos todo el paisaje que rodea el pueblo era al mismo tiempo para Julián un factor de vértigo contra sus propósitos, y al mismo tiempo una imagen de belleza que lo animaba a subir más aún o a detenerse unos segundos a mirarla. Ésta vez no había andamios... era el hombre, tal vez divisado con impresión y espectación por la gente desde las calles, como una pequeña hormiga, trepando por el gigante gris de pizarra, zinc y plomo.

Una vez llegado a la hueca bola de bronce, es fácil imaginar que ésta primero serviría de escollo para la escalada, pero luego sería un punto de apoyo para facilitar la tarea. Quizá se sentó Julián en la bola para tener las manos libres y poder coger la botella de vino y atarla al eje de la cruz, junto a la veleta. Una vez realizado el rito, la ofrenda; de nuevo quedaba el regreso, por ése tejado agudo, casi vertical, quizá con mayor sensación de vértigo aún. Al suelo firme regresó también sano y salvo Julián, y allí quedó la botella, llamada desde entonces "Botella del Tío Colores". A partir de aquellos años de 1940 en adelante, los pradeños que lo presenciaron se encargarían de transmitir la pequeña historia a las generaciones venideras... y en los días de intenso sol sobre la cara principal de la torre, no era difícil distinguir a simple vista,  y mucho mejor con unos prismáticos, aquella botella brillante y negra décadas después.


En 1976, paradójicamente un año antes de ser alcanzada la torre por un rayo, se comenzó una restauración del chapitel, y al llegar a revisar la zona de la cruz, ésta vez con la seguridad de unos andamios, por vez primera, los obreros pudieron ver de cerca la solitaria botella. Se había roto con el paso del tiempo, quizá por el azote del viento o alguna helada. En la botella estaba la inscripción que el Tío Colores había hecho décadas atrás para quien la descubriese: "Vino de Adrián Sampedro del año 1921. La colocó Julián Pascual, Colores", mencionando al cosechero de aquel vino, la añada de elaboración y el propio nombre del popular hombre escalador que lo llevó hasta allí. En el lugar que ocupaba la botella, el entonces párroco, Rafael de la Fuente, mandó colocar un tubo de plomo que contiene monedas de la década de 1970. Éste tubo es el que hoy en día se puede ver con relativa facilidad con unos prismáticos, siendo confundido a veces con la botella. Respecto a los restos de la misma desconocemos si fueron retirados o se dejaron también en el lugar. Desafiando al vértigo de los tiempos, queda en la memoria de Villa del Prado la pequeña historia de "La botella del Tío Colores", que logró colocarse en el punto más alto y llamativo del caserío del pueblo.

Juan Durán

1/12/09

EL POBLADO DE ALAMÍN

A unos 8 kilómetros de Villa del Prado se encuentra el poblado de Alamín, un pequeño núcleo urbano hoy deshabitado y de reciente nacimiento. El poblado fue construído en la década de 1950 sobre un terreno en el que hasta la fecha sólo había campo abierto. El terreno elegido para su construcción es contiguo a la inmediata finca de "La Llanada", también conocida como "La Blanca". La zona se halla en los márgenes de la antigua carretera de Escalona, que hace siglos unía Villa del Prado con el antiguo castillo de Alamín, y posteriormente con la finca de éste nombre; por lo cual, al nuevo poblado se le puso también el nombre de "Alamín".

La construcción del nuevo poblado fue ideada para que en él residieran los trabajadores de las fincas cercanas, de forma parecida a como se hacía en los planes de desarrollo rural de los años 1950 y arquitectónicamente fue diseñada de una forma acorde con la tradición de la arquitectura popular del centro de España, con estructura en forma de calles, casas de configuración y materiales tradicionales, y una especie de plazoleta con una iglesia en el centro.

Se desconoce la fecha exacta de inauguración del poblado, pero según un cuadrito que se encontraba en el interior de la iglesia, el templo fue consagrado en el año de 1957 por el obispo de Madrid, por lo que el poblado debió de comenzar a habitarse más o menos al mismo tiempo.

La vida en el poblado de Alamín fue desarrollándose en las décadas siguientes de forma plena. Existía un servicio de microbús para transporte de los vecinos del lugar, del que ya se habla en ésta página web; existía también en el lugar oficina de correos, un bar, y un conventito de monjas de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que se trasladaría a Villa del Prado en 1965. Las calles del poblado tenían su nombre propio, en muchos casos relacionado con la familia del Marqués de Comillas, dueño de la finca. El lugar, el plena naturaleza, ofrecía para los niños de las familias que lo habitaban, un abiente sano y agradable.

A partir de mediados de la década de 1980, el poblado comenzó a perder número de habitantes debido entre otras cosas a las crisis y declive de la agricultura en nuestro país, la progresiva paralización de las explotaciones de la finca de Alamín, la marcha de sus habitantes en busca de otros empleos y medios, etc. La despoblación del lugar fue en aumento durante la década de 1990, hasta quedar apenas unas pocas personas viviendo, y el lugar se despobló definitivamente alrededor del año 2000.

Respecto a su iglesia, tenía pila bautismal, una pequeña campana, ornamentos, Sagrario y un armonio. El servicio religioso funcionó hasta el año de 1992. Los párrocos que atendieron Alamín fueron: José González (1957), Tomás Luengo (1957-1962), Rafael de la Fuente (1962-1990) y Luis Miguel Motta (1990-92).

Entonces como hoy son sus características los arboles y naturaleza que brota con fuerza entre las calles y construcciones, patios y corrales, la torre de su iglesia solitaria entre las tierras de cultivo y campo de los de los alrededores.

Situación actual:

Aunque éste artículo en su primera parte trata de explicar escuetamente lo que es éste poblado y su historia hasta el dia de hoy, hay una serie de aspectos que conviene mucho también explicar dadas las circunstancias que actualmente afectan al poblado de Alamín:

En diversas páginas y foros de Internet, desde hace unos pocos años, se vienen difundiendo rumores y noticias de que el poblado es un lugar encantado y lleno de fenómenos paranormales, lo cual ha motivado que numerosas personas sobre todo del área metropolitana de Madrid hayan estado acudiendo al poblado buscando el encuentro con ésos fenómenos.

Todo comienza cuando hacia el año 2006 o 2007 aparece en una de las despobladas calles un "ataúd" de madera roto. A partir de ahí numerosos muchachos que lo vieron comenzaron a fabricar fantasías e historias, que de boca en boca comenzaron a fabricar la leyenda. Pues bien, ése "ataúd" no era otra cosa que parte de un antiguo decorado de una fiesta de disfraces ú obra de teatro que estaba guardado en una de las casas, y era de fabricación casera, con maderas y telas que en nada se parecen a las de un ataúd de verdad.

Al cabo de dos años y medio, los disparates sobre que el poblado de Alamín está encantado llegaron a provocar visitas en masa al lugar, destrozos vandálicos, suciedad, etc. y una serie de cuentos imaginarios que pululan por algunas páginas web, algunos de los cuales son los siguientes:

-En un foro de "mundoparapsicologico.com" un joven aseguraba que en Alamín, en los años 90, "un pastor desapareció y apareció a unos 200 metros con todas sus ovejas muertas".

-Que se ha aparecido allí la imagen de un antiguo párroco llamado Jesús, calvo y con barbas blancas"

-Que hay un "Misterioso pasadizo"

-Que se producen alteraciones de las baterías de las cámaras, luces extrañas, etc. etc. etc.

La proliferación de historias de éste tipo, produjo que medios de comunicación como "El País" y "Telemadrid" hayan dedicado al lugar algunos reportajes. Afortunadamente también se entrevistó a antiguos habitantes del poblado que aseguraron que allí siempre se ha hecho una vida completamente normal y que jamás han existido éste tipo de fenómenos.

Pues bien, efectivamente allí nunca ha desaparecido nadie; de los párrocos que han atendido a Alamín entre 1957 y 1992, ninguno se llamaba Jesús, ninguno era calvo y ninguno tenía barba; el único pasadizo que hay no tiene más misterio que ser el sótano del bar donde se guardaban las bebidas, y ni yo ni ningún pradeño de los que hemos visitado durante años el poblado o de los que vivían allí, jamás hemos sentido apariciones, ni se nos han atrancado las cámaras de fotos, ni hemos visto ningún fantasma. Yo sí creo en lo paranormal, pero también hay que ser justos y hacer honor a la verdad y rigurosidad: en el poblado de Alamín, jamás ha sucedido nada que pueda asociarse a supuestos actuales hechos paranormales, y de ello puede dar fe cualquiera de sus antiguos habitantes, la mayoría residentes en Villa del Prado en la actualidad.

El hecho de que una casa se quede deshabitada no quiere decir que esté encantada; el poblado de Alamín no es más que eso; un conjunto de casas deshabitadas. Aparte de ésto; respecto a los fenómenos paranormales en general, cualquiera puede grabar psicofonías en cualquier lugar, incluso en el salón de su casa, siempre que la causa quiera manifestarse, como diría el gran Santiago Vázquez; y no por ello necesariamente tiene que estar la casa encantada ni haber ocurrido nada tremebundo allí.

En cuanto a su situación de propiedad, debemos resaltar en éste artículo que el poblado es de propiedad particular, por lo cual no debe visitarse sin el permiso de sus dueños; que actualmente al parecer, se alquila a un grupo de jugadores de "Paint Ball", que desarrollan sus juegos allí, y que quizá algún día el poblado pueda ser rehabilitado y recupere el modesto esplendor que tuvo, como lugar para vivir rodeado de naturaleza.

20/4/08

Apuntes sobre El Encinar del Alberche

A petición de un lector residente en El Encinar, escribiré a continuación unos apuntes sobre la historia de dicho lugar.

El Encinar es una urbanización asentada en el Oeste del Municipio de Villa del Prado. Tiene tan sólo 40 años de historia, aunque el paraje en donde se encuentra ha sido por supuesto, testigo del paso de los siglos , al igual que todo el territorio municipal. El lugar donde se encuentra El Encinar del Alberche siempre ha estado despoblado, un territorio montuoso completamente natural; hasta ahora no se conoce que haya existido allí ningún poblado ni asentamiento, aunque es posible que existiese en el lugar alguna choza de pastores que son comunes en esas zonas del monte. Para contar algo sobre la historia del lugar donde se asienta la urbanización podemos remontarnos a la época en que el actual territorio municipal de Villa del Prado pertenecía a las tierras del castillo de Alamín, y la zona de El Encinar se supone que por entonces sería un amplio monte de caza perteneciente a dicho castillo. Las tierras pradeñas pertenecieron posteriormente al condestable de Castilla, D. Álvaro de Luna, y la antigua jurisdicción del castillo de Alamín fue dividida en "Cuarteles" o "Quintos", territorios más pequeños, que bajo un único dueño, tenían una casita para el guarda de ésas tierras.

Nombre de la zona de El Encinar:
Ántes de existir la urbanización, al terreno sobre el que se asienta se le llamaba "La Caprichosa", nombre que también se aplicaba a las curvas de la carretera, llamadas por los pradeños "Puerto de La Caprichosa".

En la larguísima época en que Villa del Prado perteneció al señorío de los Duques del Infantado (de 1453 a 1833), se supone que la zona de El Encinar servía para los siguientes fines:

  • La caza
  • La recolección de bellotas para alimentar cerdos y otros animales
  • El suministro de leña a los habitantes de la zona
  • La elaboración de carbón vegetal
  • El pastoreo
Según cuenta Alejandro Peris en su libro sobre Villa del Prado; en ésta época feudal, se dictó una norma en el municipio en la cual se penalizaba a los habitantes de Villa del Prado que sin permiso recogiesen bellotas de los montes del puebo, bajo severo castigo. La abundancia de dichos frutos en el norte de Villa del Prado era una riqueza a la que los Señores del lugar no estaban dispuestos a renunciar, aunque sólamente fuese recogida para matar el hambre por algunos vecinos pobres. Ni que decir tiene que ésa norma fue desobedecida cuando era posible. Se supone que las encinas eran arregladas y podadas de vez en cuando, proporcionando así algo de leña a la gente. Respecto al carbón vegetal, su elaboración ha sido muy frecuente en los montes de Villa del Prado hasta ayer mismo; concretamente en la década de 1990 todavía existían los últimos vecinos que hacían éste carbón de encina (en otras zonas), llamado en ésta tierra "Cisco", y los montes de El Encinar debieron ser en el pasado una gran fuente de fabricación del mismo.

La historia continuó su paso, y cuando en la década de 1830, se configura el actual y moderno territorio del municipio de Villa del Prado, éste monte lleno de encinas, jaras y tomillo, queda dentro del mismo. No obstante un siglo después, en la década de 1940 hubo algunas diferencias con las lindes de los términos de Almorox y San Martín, para lo cual el ayuntamiento de Villa del Prado hubo de marcar correctamente sus límites por aquellos años.

La Carretera:
Según los estudios que hizo D. Rafael de la Fuente, la actual carretera de Navalcarnero a Cadalso se hizo hacia 1860, por lo cual es posible que ántes de ésos años, la actual carretera llena de curvas que pasa por El Encinar, no existiese en absoluto, y para ir a san Martín y Cadalso se utilizase el viejo camino que atraviesa por el noroeste del pueblo, y para ir a Almorox, el camino viejo del que hablaremos más adelante. La actual carretera probablemente se hizo para enlazar más directamente con el camino de Toledo a Ávila, aunque la zona por la que pasa es de sobra conocido sus tremendas curvas. La carretera fue ensanchada en la década de 1980 y posteriormente mejorada hacia 1998. Ántes de éso, su estrechez hacía toda una aventura subirla y bajarla en autobús o camión.

El camino de Almorox:
La única construcción humana histórica a destacar que pasa por El Encinar es el camino viejo de Villa del Prado a Almorox. Su antigüedad es de varios siglos. Parte éste de la calle Almorox del casco urbano pradeño y actualmente atraviesa el polígono Industrial para después internarse en dirección a El Encinar del Alberche, pasando por la urbanización y terminando en el llamado "Pinar de Almorox", donde enlaza con la carretera Toledo-Avila. Éste camino es utilizado actualmente por amantes de la naturaleza, caminantes y también por motoristas, aunque su trazado es muy abrupto y difícil.

La Guerra...
En la guerra civil de 1936, la zona de "La Caprichosa" fue escenario de un breve enfrentamiento militar, cuando en Octubre de ése año, las tropas nacionales bajaron por donde hoy están los chalets de El Encinar para tomar Villa del Prado. En los "Altos de La Caprichosa", se les enfrentaron algunas milicias republicanas, pero finalmente éstas fueron vencidas y se retiraron hacia abajo y finalmente a Madrid. Villa del Prado fue tomado aquel mismo día.

Pastores y lobos
La Zona de El Encinar fue lugar de tránsito para pastores que traían rebaños de cabras y ovejas y que desde tiempo inmemorial, bajaban sobre todo desde la zona de Ávila (Navalacruz, San Juan del Molinillo, etc.) a buscar hierbas y pastos en zonas más bajas. Hoy en día quedan una serie de casas de piedra que utilizaban éstos pastores para alojarse. Éstas casas no están propiamente dentro de la urbanización sino al otro lado de la carretera, frente a la entrada principal, adentradas en el monte. Éstas antiguas casas y cobertizos han sido rehabilitados recientemente por los actuales dueños de la finca donde se encuentran. Éstos pastores contaban muchas leyendas e historias reales de lobos que les habían sucedido. Había gente de Villa del Prado, sobre todo niños, que iban a verles y a escucharles, cuando subían al monte.

Indios y Cow-Boys, excursiones y "leñazos" en bicicleta
En la década de 1950, con la llegada del cine "Western", algunos niños de Villa del Prado tuvieron por costumbre subir a la zona de El Encinar a jugar a Indios y Cow Boys, emulando las películas. Por entonces se fabricaban en ocasiones sus propias flechas de madera, arcos, tocados de plumas, etc., combinados con hachas de goma y otros juguetes que se vendían por entonces. Las excursiones a la zona de La Caprichosa eran frecuentes y también se jugaba a guerreros medievales, etc. Con el progresivo acceso de los niños a las bicicletas, se hacían carreras por la entonces estrecha carretera, casi tumbándose en las curvas y teniendo a veces severas caídas en las mismas.

Nace El Encinar del Alberche
A mediados de la década de 1960, ésta zona se hallaba dentro de una gran finca de monte que perteneció a la familia Salinas. Ésta vendió la finca a una empresa constructora, la cual creó el proyecto llamado "Encinar del Alberche", una urbanización que iría vendiéndose por parcelas, y extendiéndose por ampliaciones. Desde entonces, la urbanización ha ido creciendo en ésta antaño zona despoblada. La construcción es toda en forma de "chalets", y se intercala con antiguas encinas del monte.

La iglesia de El Encinar
Fue construida e inaugurada en 1968. Es un edificio muy sencillo, aunque los arquitectos le dieron un toque post-modernista, o cubista, muy de moda por entonces. Su psicodélico campanario es una estructura de hierros en forma de cruz de la que cuelgan tres campanas pequeñas.

La "Discoteca fantasma"
Subiendo desde Villa del Prado a El Encinar, existe en el lado derecho de la carretera, frente a la urbanización, un picudo edificio de dos plantas con tejados de pizarra, inacabado y sin paredes. Al principio parece ser que estaba destinado a club de caza de faisanes, pero hay quien dice que después del fracaso de éste club, sería destinado a ser sala de fiestas, discoteca o casino. Su construcción se inició a finales de los años 70 y se paralizó sin ser terminado. Desde entonces permanece en ése estado, con su aspecto de base espacial abandonada en medio del monte.

Luces verdes
En la década de 1970 se puso de moda en El Encinar poner tubos fluorescentes de luz verde en los porches y jardines de los chalets, por lo cual, desde varios kilómetros en la lejanía se veía un Encinar fácilmente identificable por sus muchos puntos de luz verde fosforescente. Éstas luces siguieron viéndose hasta muchos años después hasta que fueron desapareciendo.

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Parece difícil a veces sacar datos históricos de un lugar como el Encinar del Alberche, pero exprimiendo recuerdos y datos, siempre es posible encontrar una pequeña historia para cada lugar, que puede ir ampliándose si se sigue investigando.

Juan Durán

6/2/08

EL TERREMOTO DE 1755

En el año 1755, un espantoso terremoto seguido de una ola gigante destrozó Lisboa, capital de Portugal. Es el famoso maremoto del que hay constancia en muchos libros de historia mundial y natural. El terremoto se sintió en muchos puntos de la península ibérica, y nuestra impresión llega cuando vemos que Villa del Prado sintió de lejos aquel fenómeno.

En una nota escrita en un libro de la Parroquia, leemos lo siguiente:

"En 1 de Noviembre, dadas las diez horas de la mañana y a pocos minutos, se experimentó un terremoto a cuya injuria tembló la Yglesia, con espanto de los que en ella se hallaban que huyeron. Lo mismo con ambas torres y casas de la Villa que todo se movió y según se supo, por cartas de Madrid, Toledo, Segovia y otras partes, a lo menos en la península; pero se contaron; gloria a Dios; pocas desgracias"

Ésta nota retrata cómo se sintió en Villa del Prado el cataclismo que destrozó Lisboa aquel día. El terremoto se sintió no sólo en Portugal sino en toda España y causó ciertos desperfectos en algunos edificios españoles muy alejados de Lisboa. En la ciudad de Cádiz provocó importantes destrozos. En Villa del Prado, como vemos también dio un buen susto a los vecinos. Existe un libro de José Manuel Martínez Solares que estudia cómo se vivió y sintió en diversos pueblos y ciudades de España el maremoto portugués del 1 de Noviembre de 1755.

Juan Durán. Foto: página de libro de la parroquia sobre el terremoto.

PARA MAS INFORMACIÓN SOBRE ÉSTE TERREMOTO, PINCHAR AQUÍ

12/12/07

EL CASO DEL OSO HORMIGUERO


En la década de 1950, en una casa que había cerca de la fuente de Los Caños, un día apareció en su tejado algo extraño cuyo aspecto nadie averiguaba. El dueño de la casa hacía poco que había construído un avión de madera de adorno, el cual estaba sujeto en una barra al tejado. Pero aquellos días, sobre el avión de madera aparecía una forma oscura, como un animal muerto que nadie sabía lo que era, aunque a los pocos días todo el mundo ya decía que era un Oso Hormiguero, y que al parecer el dueño de la casa aseguraba haber cazado un oso hormiguero en el monte. El "Oso hormiguero" estuvo en boca de muchos durante un tiempo, y aquella cosa extraña estuvo sobre el tejado hasta que las fuerzas de la naturaleza la deshicieron poco a poco. Lo que nadie caía en la cuenta es que en España no existen los osos hormigueros, y que probablemente aquello no era más que el pellejo de otro animal, quizá un pellejo de jabalí relleno de serrín, con el que el dueño de la casa quiso gastar una enorme broma a todo el pueblo.

LEYENDAS SOBRE LA CONSTRUCCIÓN DE LA IGLESIA


La iglesia y la torre grande del pueblo tuvieron un duro proceso de construcción a lo largo de su creación, tal como se hacía en la época, serrando las piedras a mano, y levantándolas con grúas de madera, poleas y sogas muy gruesas. Para ver cómo se construía un edificio en aquella época, recomendamos a los lectores que visiten el museo de arquitectura del monasterio de El Escorial. Sin embargo, el paso de los siglos desde la construcción de la iglesia y la torre, hizo que los pradeños fabricasen algunas leyendas en torno a dicha construcción: a continuación haremos mención de ellas:

1: "La Rampa"

Es todavía frecuente hoy en día oir que la torre se construyó elevando las piedras arrastrándolas a lo largo de una rampa larguísima que nacía en el alto donde están situados los depósitos de agua antiguos. Ésta leyenda parece inspirada en cómo hacían los egipcios las pirámides. La realidad es que la torre de Villa del Prado y todas las torres de piedra y ladrillo de su época y anteriores se hacían levantando las piedras con unas sogas de cáñamo muy gruesas que pasaban por poleas y grúas hechas con vigas de madera. Precisamente en los archivos de la parroquia se conservan facturas sobre las sogas desgastadas y rotas que se usaban para levantar las piedras. Las sogas seguramente eran tiradas por burros o mulas.

2:"El cuarto cuerpo derrumbado"

Ésta leyenda dice que la torre, que tiene tres cuerpos o pisos de altura, se hizo un cuerpo más alta y que el último se cayó y finalmente la dejaron como está. Lo cierto es que en ningún doumento escrito se refleja que dicha historia sea cierta, y todo lo contrario, la torre se hizo de forma bastante lenta y según los archivos, los visitadores del obispo que venían a inspeccionar las obras, metían constantemente prisa al párroco de Villa del Prado para que terminase la torre y no gastase dinero en cosas superfluas sino en terminar dicha obra. En 1587 se terminó la torre, concuyéndose la azotea, y unos 30 años más tarde se comenzó a levantar el chapitel de pizarra.

La leyenda del "derrumbe del cuarto piso" quizá esté fabricada a base de la tradición oral de los recuerdos vagos de los pradeños acerca de dos sucesos: Hacia 1576 se colocó la primera campana de la torre y tiempo después el madero que la sujetaba se partió y se cayó la campana sobre el suelo de la torre, sin que afortunadamente se hiciese añicos. El segundo suceso consiste en que la torre pequeña de la iglesia, según los archivos era ciertamente un piso más alta en su origen, pero en el siglo XVI, el visitador del obispo, cuando vino a inspeccionar la parroquia, dio la orden de que se tirase el último piso de la torre pequeña para que la grande, que estaba ya levantándose, se viese mejor desde la parte trasera de la iglesia.

3: "La Viga Atravesada"

Ésta leyenda dice que cuando se estaba construyendo la iglesia, los operarios querían meter una viga por una puerta y eran tan brutos que la querian meter atravesada, en lugar de meterla de forma perpendicular al hueco de la puerta. Desde entonces los habitantes de otros pueblos usan ésta historia para llamar "brutos" en general a los pradeños; pero resulta que ésta historia no sólo se cuenta en Villa del prado, sino que en lugares tan remotos como Cardoso de la Sierra (Guadalajara), también se dice que los habitantes de Cardoso quisieron meter una viga atravesada al construír su iglesia, es decir: se cuenta una historia exactamente similar, por lo que las "Historias de la Viga atravesada", no son más que unas leyendas inventadas en muchos pueblos distintos para reirse de los habitantes del pueblo que sea.

(c) Juan Durán

TRANSPORTES ENTRE VILLA DEL PRADO Y EL ALAMÍN


Hacia 1994 aún se veían guardados en un pajar de la finca, una preciosa colección de carruajes de caballos de diversos estilos, que debieron ser utilizados entre el siglo XIX y principios del XX para comunicar la finca con el pueblo. A partir de 1892, el nuevo tren fue usado por algunos para trasladarse entre ambos lugares. Los trabajadores del campo muchas veces iban simplemente andando, en caballerías o bicicletas.

Uno de los primeros vehículos automóviles que funcionó de Villa del Prado hasta la finca de la Llanada, cercana a Alamín y que se usó hasta los años 60, fue una antiquísima camioneta Renault, de las de "morro chato". Los chicos la llamaban "La Bicho". En las mañanas frías, el conductor ponía un brasero de cisco en la cabina para calentar un poco el interior. La camioneta era de propiedad particular.

Algún tiempo después, el Marqués de Comillas, propietario de la finca compró un antiguo autobús que sería llamado conocido por la gente como "La pava" creándose de éste modo un servicio de autobús entre los 8 km. que separan el Alamín de Villa del Prado. Éste primer autobús era una camioneta antigua de los años 1930. Según dicen unos, ésta camioneta sirvió para transporte de tropas en la guerra. Cuando la "Pava" dejó de utilizarse le siguió una segunda. En la década de 1980 aún podían verse éstas antiquísimas furgonetas en un garaje de Alamín.

La tercera "Pava" era una camioneta Mercedes-Benz modelo 319 que estuvo en servicio hasta 1985 aproximadamente. Era de color gris y todos los días paraba en la plaza de Villa del Prado.

Posteriormente hizo el servicio una camioneta de la marca "Avia". Todas las mañanas, traía y llevaba al colegio de Villa del Prado a los niños que vivían en el Alamín y La Llanada. "La pava" siempre tuvo su parada en la plaza del pueblo, y a la hora del colegio se veía al viejo autobús parado junto a la puerta de éste. Por las tardes, traía también a gente a comprar al pueblo. Ésta cuarta "Pava" finalizó su servicio en 1994, siendo éste realizado desde entonces por la empresa "El Gato". El viejo autobús Avia permaneció a partir de ése momento aparcado en la calles del poblado de Alamín hasta su desaparición.

J. Durán

EL BAR DE LA TÍA FELISA Y OTROS BARES TÍPICOS


En Villa del Prado como en tantos pueblos, existieron una serie de locales para el ocio y el refresco, antecesores de los actuales bares-cafetería, que hace siglos se solían llamar tabernas, mesones o ventorros y ya a comienzos del siglo XX se les puso el apelativo de “casinos”; denominación que cohabitó con la palabra “bar”, la cual se impuso definitivamente. Rerfiriéndonos a éstos bares antiguos, en nuestro pueblo destacaron hace ya muchas décadas el Bar Nacional, conocido también como el “Bar de Peinado o de la tía Felisa”, el bar “La Poveda” o del “Tío Cesáreo”, y el Bar España. También llamado del “Tío Fidel”.

El Bar Nacional comenzó su andadura tras la guerra civil y se mantuvo en funcionamiento hasta la década de 1990. Era éste un gran centro de ocio espacioso, que se completaba en su planta superior con un gran salón tipo “casino” donde se jugaban partidas. Su decoración interior era muy castiza y sencilla a la vez, vasares, maderas y alguna delgada columna de hierro forjado, de las típicas de principios del siglo XX. El Bar Nacional fue famoso por su baratos y grandes bocadillos, y sus calamares a la romana. Se completaba éste local con una sala de cine a la que se accedía tras pasar un típico patio con pozo, y en el mismo bar se encontraban las taquillas de dicha sala. No solamente existía éste cine, sino que en un solar inmediato existía otra sala complementaria al aire libre para el cine de verano, con un muro de ladrillo revestido que hacía de pantalla. No acaba aquí la reseña de la historia de éste bar-casino, sino que también podemos añadir que se utilizó para rodar escenas de la película titulada “Y al tercer año resucitó” en 1978; escenas en las cuales aparecía con su plácida imagen de casino tradicional de pueblo. Hoy el bar está cerrado, pero la Tía Felisa sigue conservando el salón principal para su uso particular, y éste sigue con su estilo y características de siempre, con sus taquillas de cine, su habitación con chimenea y sus escaleras.

El Bar La Poveda fue dirigido en un principio por un hombre del pueblo llamado el Tío Cesáreo. Era éste un bar también muy típico, amplio y con las tradicionales mesas de mármol, sillas de madera, columnas de hierro forjado y ambiente de antiguo casino. Allí fueron habituales las partidas de cartas durante sus décadas de historia. También fue la oficina oficial de las Quinielas durante muchos años. A la muerte de Cesáreo, se hizo cargo del bar su sobrino Vicente, quien dirigió el bar haciéndolo famoso por sus gambas al ajillo, de las cuales se decía que tenían un secreto de elaboración para lograr su particular y exquisito resultado. En el patio de bar La Poveda, al que se accedía tras una antigua y enorme puerta de madera y cristal, funcionó un baile con orquesta. El bar funcionó hasta comienzos del siglo XXI.

El Bar España se encontraba en un lugar privilegiado, como era la plaza Mayor, y tras su puerta de gruesas jambas de piedra aparecía un salón con sus típicas mesas de mármol y sus sillas de madera curvada. Perteneció a Matilde y Fidel Reguilón, y a la muerte de éste, a comienzos de la década de 1980, pasó a su yerno, Mariano Céspedes. Petrita, la esposa de Mariano se destacó en la cocina del bar, elaborando muchas tapas, con especial mención de sus raciones de calamares. El Bar España aparece en numerosas fotografías antiguas de corridas de toros en la plaza mayor. Por ellas, podemos adivinar que la situación de su puerta de entrada y su ventana se intercambiaron de lugar, para quedar como están hoy. El primitivo Bar España funcionó hasta el fallecimiento de Mariano en 1990.

APODOS ANTIGUOS Y VESTIDOS POPULARES


UN RECORRIDO POR LAS GENTES HUMILDES DEL VILLA DEL PRADO DEL SIGLO XVIII Y SU INDUMENTARIA

Por Juan Durán

En unas recientes consultas que hice en el archivo parroquial de Villa del Prado descubrí unos pequeños datos que hoy nos ayudan a rememorar un poco algunos aspectos de la vida en el pueblo en siglos pasados. Son éstos datos sobre una historia y una vida entrañable y popular, que era la de las personas pertenecientes al pueblo "llano", es decir, una historia que no habla de grandes líderes, batallas o personajes que por su posición y hazañas fueron especialmente recordados para la historia, sino de los labradores de pueblo, ganaderos y pastores, cuya historia parece habitualmente perderse en la noche de los tiempos puesto que por aquel entonces no había ni fotografías; ni muchos sabían escribir diarios personales o recuerdos que hoy les identificase. Es por esto que la vida de los labradores y pastores de "a pie", o bien se ha disuelto su recuerdo con el paso de los siglos o en contados casos su memoria ha sido recordada durante generaciones de boca en boca, como "tipos populares", que muchos años después de su fallecimiento se les sigue recordando en conversaciones de calle, dichos o anecdotarios (Tenemos por ejemplo en Villa del Prado casos como el de "El Tío Gallo", "El Tío Ojocueva", y otros más); así como en otros pueblos se recuerda a personas del siglo XIX, viajantes, vendedores, toreros y labriegos que fueron famosos en su pueblo por algún hecho en sí o simplemente por su habitual o campechano trato con los vecinos.

Hoy en día, existen en Villa del Prado, como en todos los pueblos de España, apodos con los que se conoce popularmente a muchas personas. Quizá algunos de nosotros nos hayamos preguntado alguna vez cómo serían los apodos de siglos pasados. Hoy hablaremos de ellos. Por supuesto. desde hace más de 200 años, ningún apodo de aquellos ha llegado hasta hoy por línea directa, aunque sí se han repetido en el tiempo, pero siempre en personas o familias distintas, por lo cual éste artículo no pude de ninguna manera molestar a nadie, puesto que estamos hablando de hace más de dos siglos y además, con todo cariño y respeto por las personas en general.

En el archivo parroquial existe un libro del siglo XVIII en el cual se llevaban las cuentas y registros de una fundación benéfica que tenían los Duques del Infantado para vestir a los niños huérfanos y pobres del pueblo. Es en éste libro donde encontramos que muchos de los huérfanos de entonces son mencionados por sus apodos y no por su nombre y apellidos, seguramente porque así era más fácil identificarlos por el escribano que hiciese aquel trabajo. Leyendo éste libro encontramos unas listas de ropa asignadas a diferentes niños. Éstas listas nos cuentan dos cosas: Cuales eran los apodos populares de algunas familias del pueblo, y cómo se vestían los pradeños del siglo XVIII. Veamos a continuación unos ejemplos seleccionados de unas listas de los años 1780 y 1784, que transcribo:

  • Al Hijo de "Pichones", unos calzones
  • A Juan "Pomero", botines
  • A Blas Benito, jubón y calzones
  • A Lucas Serrano, casaca y calzones
  • A "La Pocala", mandil y mangas
  • A la "Pelendenga", unas enaguas
  • A la "Pastorcilla", vestido entero
  • Al "Manco de Mora", vestido entero
  • Al "Manco de Carañas", vestido entero
  • A un hijo de "Gilas", jubón
  • A la "Coja de Calvote", vestido entero
  • A felipa y María, hijas de "Ganguillas", vestido entero
  • A "La Santa", unas enaguas
  • A un hijo de "Chipolín", chupa, calzones, botas y camisa
  • A "El Mudo", chupa y camisa
  • Al de " La Tonta", chupa y camisa

(Éstos datos pueden encontrarse en las páginas 18 y 24-vuelta del libro de cuentas de ésta fundación, empezado en 1724).

Consultando libros especializados en ropa típica castellana y observando los trajes típicos regionales de la zona norte de Toledo y sur de Madrid, podemos hacernos una idea de cómo vestía a diario un pradeño del siglo XVIII: unos calzones y medias para las piernas , una camisa generalmente blanca, una faja para trabajar, y en momentos de descanso y días festivos, un chaleco oscuro y una chaquetilla corta o tal vez una casaca. El Jubón y la "chupa" serían los antepasados de actuales chaquetas y "cazadoras" para cubrir la parte superior del cuerpo y evitar el frío en invierno. Estarían tejidos en hilo de lana o Lino. Seguramente llevaban los hombres un sombrero similar al del traje típico de Toledo, de copa cónica o redonda. En ciertas fotografías antiguas de la plaza de toros de Villa del Prado, tomadas hacia la década de 1910, se puede apreciar si se mira con detalle a algunos hombres mayores, que a principios de siglo XX aún llevaban vestigios de traje "regional" en su ropa, así por ejemplo en una se aprecia un chaleco con faja y sombrero redondo de ala grande. Los niños llevarían una vestimenta similar a la de su padre y las niñas un vestido sencillo y el pelo recogido. Otra forma de aprender los usos de vestimenta popular es observar los cuadros de pintores de cada época que queramos investigar, cuando pintan escenas o personajes populares. Goya, Murillo y Velazquez son buenos ejemplos que retratan sus distintos tiempos.

En cuanto al traje de fiesta antiguo de las mujeres pradeñas, se recuerda mejor que el del hombre hoy en día, puesto que eran vestidos generalmente apreciados que se guardaban en arcones y que incluso personas mayores hoy vivas lo han visto de niñas. Gracias a ello, actualmente en algunas fiestas o celebraciones como la "hortelana", hemos visto en ocasiones niñas que llevan un traje regional femenino pradeño, confeccionado hoy en día por sus madres fijándose en como eran los antiguos.

Concluimos éste artículo volviendo a recordar a ésas personas que vivieron en Villa del Prado hace siglos, las cuales han sido en muchos casos nuestros abuelos y abuelas, aquellos pradeños de "a pie" que no destacaron por ningún hecho importante en sí, sino simplemente por dar amor y esfuerzo a sus hijos para que hoy podamos tener un pueblo hermoso. Aquellos pradeños que se vestían con botines y jubones, aquellos cuya memoria existe hoy gracias a los archivos parroquiales y municipales, los cuales guardan los nombres y apellidos de éstos abuelos de otras épocas. Y por supuesto, un recuerdo muy entrañable a ésos hijos de "El Mudo", de "La Tonta", de "La Pastorcilla", "Chipolín" y a "La Pelendenga", esos niños pradeños pobres que vivieron en 1780, y de los cuales nada sabríamos sin los archivos. Gracias a ello hoy podemos imaginar a aquel niño "Manco de Carañas" y la niña "Coja de Calvote" sonriendo y jugando seguramente con algún pedazo de madera, barro, piedrecitas, y una muñeca de trapo en cualquier esquina de cualquier calle de nuestro pueblo. Ellos forman parte de nuestra historia y de nuestro corazón.

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Por último, podemos aprovechar también y de paso, homenajear con éste articulo en general a los pradeños anónimos que a lo largo de la historia hasta nuestros dias hayan vivido con alguna dificultad económica o hayan padecido defectos físicos, cojeras, etc.